Las 3 Clases de Pereza

Pereza2

Que en el jardín de la dulce cordura seas bombardeado con los cocos que te despiertan

Chögyam Trungpa Rimpoché

La pereza es un rasgo humano muy común. Por desgracia, inhibe la energía del despertar y mina nuestra confianza y nuestra fuerza. Hay tres clases de pereza: la tendencia a la comodidad, el desánimo y el “me importa un bledo”. Son las tres formas con las que nos dejamos atrapar por nuestros debilitantes patrones habituales. Sin embargo, explorarlas con curiosidad les arrebata el poder.

La primera clase de pereza, la tendencia a la comodidad, se basa en nuestra inclinación a evitar las dificultades.

Deseamos descansar, darnos un respiro. Pero la tranquilidad y dormirnos en los laureles se convierte en un hábito, perdemos el entusiasmo y nos volvemos perezosos. Si llueve, preferimos coger el coche para recorrer media manzana que mojarnos. Al menor calor, encendemos el aire acondicionado, A la primera señal de frío, encendemos la calefacción. De este modo perdemos el contacto con la textura de la vida, acabamos dependiendo de estas rápidas soluciones y nos acostumbramos a los resultados automáticos.

Esta clase de pereza puede hacernos agresivos. Nos indignamos ante la menor dificultad. Cuando el coche no funciona, cuando nos cortan el agua o la electricidad, cuando tenemos que sentarnos en el frío suelo sin almohada, explotamos. Nuestra tendencia a la comodidad nos embota los sentidos y nos impide disfrutar de los olores, las imágenes y los sonidos. También hace que nos sintamos insatisfechos. De algún modo, sabemos siempre en nuestro fuero interno que el puro placer no es el camino que conduce a una felicidad duradera.

La segunda clase de pereza es el desánimo. Tenemos una sensación de desesperanza, de “pobre de mí”. Nos sentimos tan pobres que no nos vemos capaces de afrontar el mundo. Nos sentamos ante el televisor comiendo, bebiendo y fumando, mirando mecánicamente un programa tras otro. No logramos hacer nada para airear nuestro desánimo. Aunque consigamos despegarnos del sofá y abrir la ventana, lo hacemos con una sensación de vergüenza.

Hacemos un gesto exterior de vencer la pereza, pero seguimos cobijando la esencia de la desesperanza en nuestro interior. Aquel gesto de levantarnos o de intentar vencer la pereza no es más que una expresión de desánimo. Aún nos estamos diciendo: “Soy el peor. Soy un caso perdido. Nunca haré nada bien”. No nos damos un respiro, nos hemos olvidado de cómo ayudarnos, nos falta percibir aquello que nos aliviaría de verdad.

La tercera clase de pereza, “me importa un bledo”, se caracteriza por el resentimiento. Estamos diciendo al mundo que se vaya a paseo. Esta emoción se parece al desánimo, pero todavía es peor, porque en el desánimo hay una cierta suavidad y vulnerabilidad, en cambio esta actitud de “me importa un bledo” es más agresiva y desafiante. “¡El mundo es un asco! Si no va a darme lo que merezco, ¿porqué habría yo de preocuparme? Entramos en un bar y bebemos todo el día, y si alguien nos dice algo nos metemos con él.

O corremos las cortinas, nos metemos en la cama y nos tapamos la cabeza con las mantas. Y si alguien intenta animarnos, ¡Pobre de él! Nos regodeamos en el sentimiento de que nos ha infravalorado y humillado. No queremos encontrar ninguna salida, sólo deseamos estar sentados por ahí, sintiéndonos abrumados por el pesimismo. Usamos la pereza como una venganza. Esta clase de pereza puede transformarse fácilmente en una anuladora depresión.

Hay tres métodos habituales que los seres humanos usan para relacionarse con la pereza o con cualquier emoción problemática. Yo llamo a estas tres estrategias inútiles, las estrategias de atacar, de abandonarse y de ignorar.

La inútil estrategia de atacar es especialmente popular. Cuando vemos nuestra pereza, nos censuramos. Nos criticamos y avergonzamos por refugiarnos en la comodidad, nos damos lástima, o no nos levantamos de la cama. Nos regodeamos en el sentimiento de incapacidad y culpabilidad.

La inútil estrategia de abandonarnos a la pereza es igual de común. Justificamos e incluso aplaudimos nuestra pereza. “Yo soy así. No me merezco ninguna incomodidad o dificultad. Tengo muchas razones para estar furioso o para dormir las veinticuatro horas del día”. Pueden acosarnos dudas acerca de nosotros mismos o sentimientos de ineptitud, pero nos convencemos para aprobar nuestra conducta.

La estrategia de ignorar algo es muy eficaz, al menos durante una temporada. Nos desvinculamos, vivimos como zombis, nos insensibilizamos. Hacemos todo lo posible por distanciarnos de la desnuda verdad de nuestros hábitos. Ponemos el piloto automático y evitamos observar con la suficiente atención lo que estamos haciendo.

Las prácticas de la purificación de la mente del guerrero presentan una cuarta alternativa, la estrategia iluminada.

Consiste en la estrategia de experimentar plenamente cualquier cosa a la que nos estemos resistiendo sin huir de nuestras tres formas habituales. Sentimos curiosidad por las tres clases de pereza. Con las enseñanzas de la *Bodichita practicamos el no resistirnos a la resistencia, y la sentimos con la fundamental sensibilidad y espaciosidad de nuestro ser antes de que se endurezca. Lo hacemos con la clara intención de que nuestro apego al ego disminuya y nuestra sabiduría y compasión aumenten.

Es importante reconocer que normalmente no queremos investigar la pereza ni ningún otro hábito. Deseamos seguir con las tres estrategias inútiles porque creemos que nos harán sentir mejor. Deseamos seguir refugiándonos en la comodidad, regodearnos en nuestro desánimo o rumiar sobre el fatalismo de “me importa un bledo”.

Sin embargo, en un momento dado, podemos sentir curiosidad y empezarnos a hacer preguntas como: ¿Por qué estoy sufriendo? ¿Por qué no me siento mejor? ¿Por qué la insatisfacción y el aburrimiento que siento crecen a cada año que pasa?

En este momento es cuando podemos recordar las enseñanzas, cuando podemos sentirnos preparados para empezar a experimentar con el compasivo enfoque del guerrero, cuando empieza a cobrar sentido la instrucción de permanecer con la terneza que hay en nuestro interior y de no endurecernos.

Así que empezamos a observar nuestra pereza y experimentamos su cualidad directamente. Llegamos a conocer nuestro miedo a las dificultades, nuestra vergüenza, nuestro resentimiento y embotamiento, y llegamos a entender que los demás también se sienten de esa manera. Prestamos atención a las historias que nos contamos y advertimos cómo tensan nuestro cuerpo. Si practicamos continuamente, comprendemos que no tenemos por qué creernos más las historias que nos contamos. Hacemos *Tinglen, meditamos sentados y realizamos las practicas de la *Bodichita para abrirnos a la crudeza de la energía emocional que estamos experimentando. Empezamos a sentir un poco el tierno lugar de nuestro interior y comprendemos que todo el mundo es presa de la pereza al igual que nosotros y que todos podemos liberarnos de ella.

La pereza no es en especial terrible o maravillosa, sino que tiene una cualidad viva básica que merece se experimentada tal como es. Quizás encontremos que la pereza tiene una cualidad irritante y fluctuante, o que es ofuscadora y pesada, o vulnerable y cruda. Sea lo que sea lo que descubramos, a medida que la vayamos explorando, veremos que no hay nada a lo que aferrarnos, nada sólido, que no hay más que vacío, una energía despierta.

Este proceso de experimentar la pereza directamente y de un modo no verbal es transformador. Libera una tremenda cantidad de energía que normalmente está bloqueada por nuestro hábito de huir, y esto ocurre porque cuando dejamos de resistirnos a la pereza, nuestra identidad de “el perezoso” empieza a deshacerse por completo. Sin las anteojeras del ego, conectamos con una fresca perspectiva, con una mayor visión. Así es como la pereza –o cualquier otro demonio- nos inicia en una vida compasiva.

* Bodhicitta: La palabra es la combinación de las palabras sánscritas bodhi y citta. Bodhi significa despertar o iluminación. Citta puede traducirse como mente o espíritu. Bodhicitta puede ser traduciendo entonces como Mente de Iluminación o Espíritu de Despertar.

* Tonglen: significa literalmente “enviar y recibir” y es un ejercicio de transformación ya que potencia el poder transformador del corazón.

Extracto del libro: Los Lugares que te Asustan  By: Pema Chodron

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